Por Habie Serra
Psicóloga clínica-educativa, especialista en Neuropsicología y Terapia Familiar

A través del acompañamiento clínico y terapéutico, me gusta observar cómo cada persona construye su propia narrativa y conceptualiza su historia personal. Es poco común sentarnos a reflexionar sobre la conexión de nuestros síntomas presentes con nuestra historia de vida. Incluso, pocas veces tenemos la información necesaria para hilar cómo los vínculos de nuestra infancia, aún florecen a través de nuestras experiencias y relaciones presentes.

Al detenernos a observar, descubrimos que detrás de nuestras decisiones, emociones y conflictos, existen dinámicas invisibles que nos conectan con quienes vinieron antes que nosotros. Asimismo, las conexiones con aquellos que estuvieron desde los inicios de nuestras vidas, siguen teniendo efecto.

Cuando hablamos de constelar, no se trata de consultar a las estrellas o de gestionar cambios externos.

La configuración de nuestra historia es una práctica interna y constelar nuestra historia es entendernos a nivel más profundo. Más allá de la práctica terapéutica, integrar al estilo de vida el concepto de constelar permite un cambio amoroso de la historia que nos venimos contando por años. Atreverse a reconfigurar la percepción de aspectos personales, permite quizá un balance en la emocionalidad y la narrativa interna. Imaginar que el dolor que sentimos ante un evento, o la suma de varios, configuró el sistema de creencias que determina hoy el presente.

Es posible empatizar con el dolor de un niño, cuya mamá atravesó una depresión durante sus primeros años de vida. La ausencia emocional que percibió, se configuró de tal forma que le es difícil conectar emocionalmente con otras personas en su etapa adulta. El miedo a la vulnerabilidad y a la indiferencias es tanto, que se convierte en enojo y resentimiento a la figura materna; sin poder reconocer el regalo de la vida. Este, puede ser solamente un ejemplo. Cuando el vínculo con la madre o el padre está interrumpido o no se logra establecer de manera sana, esto suele expresarse en síntomas emocionales y conductuales. En el caso de la madre, pueden aparecer dificultades para confiar en la vida, sensación de vacío, ansiedad, baja autoestima o incluso problemas vinculados a la prosperidad y la capacidad de recibir. Con el padre, las interrupciones suelen manifestarse en inseguridad, miedo al mundo, dificultad para poner límites, falta de dirección y patrones repetitivos de fracaso en lo laboral o en la pareja. La teoría sistémica sostiene que estos síntomas no son fallas individuales, sino expresiones de un vínculo fundamental que busca ser visto, reconocido y sanado.

Allí es donde entra la fuerza y la valentía personal para profundizar en las leyes sistémicas y transgeneracionales, y ver más allá del dolor. La teoría de sistemas nos explica que todo tiene una interconexión. Nos recuerda que cada ser humano forma parte de una red más amplia: la familia. Una familia es un sistema y por ende, hay una interconexión no solo de los miembros del núcleo, sino de los miembros a nivel transgeneracional. Nos quedamos con la pregunta, ¿qué sucedía dentro de la propia historia de la madre que el niño pequeño no pudo percibir?

Como se menciona anteriormente, los vínculos con la madre y el padre tienen una influencia esencial en la vida de cada persona. La madre, representa la conexión primaria que experimentamos. Es nuestro primer hogar, la fuente de nutrición, de seguridad y de pertenencia. A nivel simbólico, reconciliarnos con mamá es también reconciliarnos con la vida misma. Bert Hellinger decía que “el éxito tiene el rostro de nuestra madre”, porque nuestra relación con ella refleja la capacidad de abrirnos a recibir, a tomar lo que nos llega y a sentirnos merecedores de prosperidad.

Por otro lado, se explica que el vínculo paterno nos conecta con el mundo externo. Es la figura que simboliza el impulso hacia afuera, la fuerza para tomar decisiones, los límites, la confianza y la realización personal. Un vínculo sano con papá nos fortalece para ocupar un lugar en el mundo, sostenernos en nuestra fuerza y proyectarnos hacia nuestros sueños y metas.

“Si mamá nos da la raíz, papá nos ofrece las alas“.

Todos tenemos madre y padre. Todos los seres venimos de la concepción y unión de dos personas. Asimismo, como ese niño que no pudo ver más allá de la depresión de su mamá, todos nos hemos quedado con limitaciones en la comprensión de nuestras dinámicas intrafamiliares. Es así como nos quedamos con dolores y perspectivas limitadas respecto a la relación con nuestros padres.

Sanar los vínculos significa devolver a cada persona de nuestro sistema el lugar que le corresponde. Desde la libertad y la consciencia, tenemos la oportunidad de reconfigurar los circuitos fijados. Si nos atrevemos a abrazar nuestros dolores presentes, para verlos de forma profunda, podemos transformar la percepción desde nuestro ser adultos. Es allí donde comprendemos, que a través del dolor y la valentía, puede que nos permitamos reconstruir un sentimiento de libertad y balance emocional.

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