
Cómo cuidar la salud mental en las fiestas sin perderte a ti mismo a ti misma.
Por Carolina Mergar Garzaro – Psicoterapeuta y Consteladora Familiar
Diciembre suele traer luces, villancicos y reuniones, pero también puede despertar cansancio, nostalgia o presión por cumplir expectativas personales, familiares o sociales. Hablar de esto no nos hace aguafiestas, nos hace humanas y humanos.
Preguntas que parecen sencillas empiezan a rondar: ¿Con quién pasó la Navidad sin sentir que estoy quedando mal con alguien? ¿Cómo hacer para no terminar agotada tratando de cumplir con todos? ¿Qué hago con esa mezcla de nostalgia, culpa o ganas de estar sola cuando todos esperan alegría? ¿Cómo me preparo para las conversaciones incómodas de cada año? Respira hondo si te reconoces en alguna de estas experiencias.
”Decir que sí
¿Qué pasaría si, en lugar de pelear con lo que sentimos o con las situaciones familiares, simplemente las aceptamos tal y como son?
“Así me siento, así están las cosas para mí, o para nosotros, en este momento.”
Aceptar no significa que me guste, sino reconocer que mi deseo no basta para que algo sea distinto. Desde esa aceptación honesta nace una nueva libertad: la de preguntarme, con calma, ¿qué quiero hacer frente a esta realidad que no cambia? y ¿cómo puedo atravesar sin que me deje un saldo de ansiedad o culpa?
Hacer lo que quiero vs lo que debo
¿Quién dice que tengo que darle regalos a todo el mundo? ¿O correr de casa en casa para cumplir con cada abrazo? ¿Quién dice que debo sonreír ante el comentario machista, sexista o clasista de algún familiar?
Si en lugar de actuar por costumbre nos detenemos un momento y nos preguntamos ¿de verdad quiero hacerlo?, algo empieza a cambiar.
Tal vez no sea fácil al principio, pero reconocer lo que quiero, y lo que no, ya es un paso hacia una celebración más honesta. Aquí algunas pistas para empezar ese camino…
La culpa sana
Cuando respeto mis necesidades y mis deseos puede surgir una sensación de culpa, la idea de estar fallando a mis padres, a mi pareja, a mis hijos, a mis amigas y amigos. Esa culpa es en realidad un síntoma de salud, una persona que está escuchándose y respetándose a sí misma. Esta culpa viene de creencias limitantes como la idea de que tenemos el poder de hacerle daño a los demás. Podemos hacer daño a los demás cuando sobrepasamos sus límites, pero no cuando respetamos los nuestros.
En psicología, la culpa sana aparece cuando empezamos a priorizar las propias necesidades después de haber vivido mucho tiempo complaciendo a los demás.
Ser quien soy y sentir lo que siento es un derecho que puedo empezar a reconocer en estas fechas como un enorme regalo para mí que termina siendo el mejor regalo que puedo compartir: mi ser y mi presencia auténtica.
Limites que sanan
Mucho se habla de los límites, y con razón: son esenciales para relacionarnos de forma sana. No se imponen, se viven, y a veces bastan pocas palabras para expresarlos.
Mamá: Entonces, ¿pasan la Navidad con tus suegros?
Hija: No, mamá. Este año decidimos quedarnos en casa.
Mamá: Pero vendrán tus hermanos, no rompas la tradición. La familia es lo más importante.
Hija: Lo sé, y aunque no esté esa noche, seguimos siendo familia y los sigo amando.
A veces poner un límite genera incomodidad, culpa o tristeza, pero también abre espacio a vínculos más profundos y verdaderos. No se trata de la foto perfecta en la sala familiar, sino de un sistema donde a cada quien se le reconozca su lugar, esté donde esté.
Poner límites es una forma de cuidado, no de rechazo: es decir “te quiero, y también me cuido”.
Darle lugar a sentimientos desagradables
Al dar la media noche y estar viendo las luces en el cielo y darnos todos un abrazo, alguien se suelta a llorar, contacta con un duelo, con vacío o con una profunda desesperanza. Usualmente la actitud de la familia y amigos es de un esfuerzo incómodo por aliviar el sentimiento y se dicen frases como “no te pongas así” “hay que ser fuerte y saber agradecer lo que uno sí tiene” otras veces aparece solo el silencio y la esperanza de que pase desapercibido. El dolor es una experiencia que requiere de una mirada compasiva, de una presencia que le de la bienvenida y no lo juzgue. El dolor necesita calidez más que palabras. Paradójicamente, cuando le damos un lugar, el alivio llega solo. Pensemos en personas cercanas que están atravesando un divorcio, la muerte de un familiar o amigo, una experiencia de “fracaso” en alguna área de su vida. O pensemos en nosotros y nosotras mismas. No escondamos el sufrimiento ni nos escondamos cuando aparece alguien más. Vivamos el sentido más profundo de compartir y de amar.
Si conoces a alguien que atraviesa un diciembre difícil, quizá no necesite consejos ni ánimo forzado. A veces basta con tu presencia y tu escucha. Quizá un gesto sería compartir con esa persona esta nota.
Comparte esta nueva entrada, quizás alguien puede necesitar como tú, también estas palabras.
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